domingo, 20 de junio de 2010

Quien soy yo para Tí??

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 9, 18- 24
Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:-¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron:-Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Él les preguntó:-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro tomó la palabra y dijo: -El Mesías de Dios. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:-El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Y, dirigiéndose a todos, dijo:-El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. Palabra del Señor.
COMENTARIO.
¿Quién decís que soy yo?
Está claro que vivimos tiempos complicados pero también es verdad que no más complicados ni difíciles que otros. Frente a los profetas de desgracias y amenazas apocalípticas, que siempre los ha habido, hay que proclamar la palabra serena, pacificadora y creadora de esperanza de la Buena Nueva.
Los creyentes miramos a Jesús, estamos fundamentados en él. El ancla de nuestra fe está fija en el fondo y por más que se mueva la superficie, sabemos y confiamos en que Dios llevará a término la obra que él mismo ha empezado. Hay que decir y repetir este mensaje muchas veces. Porque hay muchos que hablan y hablan de lo mal que estamos, de que ya no hay valores en nuestra sociedad, de que todos son guerras, asesinatos, robos.
De que el sexo parece ser el único objetivo de todos, etc. Podríamos seguir diciendo cosas similares. Los que así hablan nos anuncian más graves catástrofes todavía. No hay más solución que atender a lo que ellos dicen. Tenemos que cumplir las normas, tenemos que actuar de otra forma, tenemos que... Y nos preguntamos si, siendo tan malos como ellos nos dicen, podremos cumplir con todos esos “tenemos que” que nos proponen. Definitivamente su mensaje no abre caminos de esperanza sino de desesperación. No hay salida. No hay futuro.
Optimistas porque creyentes
Menos mal que acudir a la Palabra de Dios nos abre caminos de vida. Las lecturas de este domingo, como las de tantos otros, son un buen antídoto contra ese pesimismo dominante.
El Evangelio nos centra en lo fundamental. Nosotros creemos que Jesús es el Mesías de Dios. No es un profeta más. No le seguimos porque estemos convencidos de que su doctrina es mejor que la de otros. Ni porque haga unos milagros glamourosos como nadie ha hecho nunca. Creemos, estamos convencidos, que es el Hijo de Dios, que en él se ha hecho carne el amor de Dios por nosotros, por la humanidad entera, por este mundo nuestro. Dios no ha dado la espalda a su creación. No desea nuestra muerte sino nuestra vida. Esa voluntad de Dios se ha manifestado en Jesús. En él reconocemos y experimentamos el amor gratuito de Dios. Somos muy conscientes de nuestras limitaciones, de nuestros fallos y errores. Pero sabemos que el amor de Dios es más grande que todo ello. Y que la vida triunfa sobre la muerte. Y la gracia sobre el pecado. Por eso, caminamos por la vida llenos de esperanza y con la frente bien alta. No porque nuestras obras sean justas y con ellas hayamos ganado la salvación. Sino porque hemos experimentado el don de la gracia, nos sabemos amados por Dios en Jesús. No miramos nuestro ombligo –no queremos salvar nuestra vida– sino que salimos a la vida cada día anunciando la buena nueva de Jesús, la esperanza de vida que hemos puesto en él. Y él no nos defrauda.
Volver a lo fundamental: “Es el Mesías”
Pasa que, como dice la primera lectura, en nuestros corazones se ha derramado un espíritu de gracia y de ciencia. De Jesús, muerto por salvarnos, brota un manantial de vida, de esperanza, de amor, que hace desaparecer los pecados e impurezas de esta humanidad nuestra, tan limitada y tan pobre. No buscamos la salvación en el esfuerzo ético, en el cumplimiento de normas. No compramos la vida futura con sacrificios en ésta. Más bien, sentimos el gozo de participar en la construcción del Reino, de crear fraternidad de la buena, porque hemos experimentado el amor de Dios. En esa perspectiva tenemos que leer la segunda lectura. “Todos somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús”. Creemos que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y eso nos hace hermanos. Seguirle lleva consigo penurias y sacrificios pero vale la pena porque es la única manera de construir la fraternidad, de dar pasos que superen el odio y la guerra, de crear espacios para la esperanza y la vida. Por eso tenemos que volver a lo fundamental, a preguntarnos quién es Jesús para nosotros y a responder desde lo más hondo de nuestro corazón, allí donde hemos experimentado el amor gratuito e incondicional de Dios. En esa respuesta nos jugamos la vida. En esa respuesta nos jugamos el futuro, nuestro futuro. Porque no son sólo unas palabras. La respuesta la damos con la vida, día a día, amando, luchando, levantándonos cuando hemos caído, esperando, dando la mano al hermano.
"Negarse a sí mismo y cargar con la cruz"
Estamos en el domingo XII del tiempo ordinario. En este domingo se nos viene a interpelar sobre quién es Jesucristo para nosotros y cómo es nuestro cristianismo.
1º.- ¿Quién dice la gente que soy yo? - Dice Jesucristo -.
San Pedro le dice que es el Mesías de Dios.
Y para ti ¿quién es Jesús? ¿Cuál es tu respuesta más íntima? Una respuesta que no sea aprendida, sino vital. ¿Es significativo Jesús para tu vida? ¿Está presente en tus pensamientos, deseos, opciones, actitudes y actos? O ¿es simplemente una referencia social, un sentimiento recurrente en momentos más difíciles? Fijaos que es sustancial lo que cada uno responda a esta pregunta. Todos tenemos una respuesta, aunque no esté verbalizada. Tendríamos que conocer nuestra respuesta y saber contrastarla con el Evangelio, por si tenemos que purificar nuestra imagen de Jesús. Jesús dice de él mismo que tiene que padecer, ser desechado por los sumos sacerdotes, que su destino es morir para luego resucitar. Es decir, deja claro a sus discípulos que su ser y su misión pasan por la cruz. Es un gran misterio de la personalidad de Cristo: el hecho de asumir libremente la muerte y la cruz. Sin este misterio no podemos comprender a Cristo. Es claro que según sea la concepción que tengamos de quien es Jesucristo así entenderemos nuestro cristianismo.
2º.- ¿Qué es ser cristiano?
Pues es tener una respuesta, a la llamada que Dios nos hace, reconociéndole como lo más central de nuestra vida. Podemos tener diferentes ideas sobre lo básico de la religión: ideas más estáticas o dinámicas, ideas del ser o el hacer cristianos, más ontológicas o más existenciales.
Ser cristiano o vivir como cristiano.
Nos interesan las dos visiones. En la segunda lectura se nos dice que somos Hijos de Dios por la fe, que estamos incorporados a Cristo por el Bautismo, que estamos revestidos de Cristo.
Por el hecho de estar bautizados somos ya cristianos. Esto es cierto; pero puede suponer una concepción automática del sacramento (el bautizado ya no tiene que hacer nada más), una concepción mágica, que por hacer determinados ritos ya está todo solucionado. Esto no es el sacramento cristiano, que para realizarse requiere la colaboración del hombre. Pero esto no está claro en los que piden el bautismo para sus hijos. De tal manera que estamos tristemente acostumbrados a ver que no todo bautizado es cristiano. Es decir, se requiere que ese ser, que somos, se haga existencia concreta en nuestra vida, con la colaboración de quienes reciben el sacramento y de la labor educativa de los padres. Hay una concepción insuficiente del ser cristianos (estática, ontológica). Por eso ser cristiano es, además de estar bautizado, seguir a Jesús; "el que quiera seguirme...",
dice Jesús en el evangelio; es pues una actitud dinámica, que supone una identificación o asimilación. Cristo es nuestro modelo, a quien nos tenemos que parecer en actitudes y actos. Las lecturas de este domingo dejan claro que el seguimiento a Jesús requiere, entre otras muchas cosas, asumir el sufrimiento:
- "el Mesías tiene que padecer", dice el Evangelio;
- también en el Evangelio: "el que quiera seguirme que se niegue a sí mismo y cargue con su cruz cada día";
- el Señor nos da la gracia para poder mirar al que atravesamos con nuestros pecados, dice la primera lectura.
Para seguir a Jesucristo hay que asumir el sufrimiento que ello conlleva. Seguir a Jesucristo es entrar en comunión con su destino, que no fue otro que la cruz. Es cierto que triunfó sobre la muerte y la cruz; pero, en primer lugar, su destino, irrenunciable para sus seguidores, es la cruz.
¿Qué cruz tomar? Hay sufrimientos injustos y evitables, los que se deben al pecado de los hombres y los que se deben a limitaciones de la naturaleza, que el hombre está llamado a desvelar (enfermedad). Por eso yo creo que se refiere al sufrimiento que se vive cuando uno siguiendo a Jesucristo, queriendo ser coherente, choca con el mundo. Todos hemos de cargar con las cruces que nos proporcionan la vida y la edad; pero, además, hemos de decidirnos, en este mundo nuestro, cada vez menos cristiano, a "perder la vida por la causa de Jesús".
¡Qué necesitado está nuestro mundo de personas que den testimonio a la hora de afrontar la cruz; qué necesitado de personas que "pierdan" (la vida, la salud, el prestigio, los años, el tiempo, los bienes...) por la causa de Jesús!
Fuentes: Fernando Torres Pérez
cmf Pedro Crespo Arias Ángel Corbalán
Blog Parroquia San Garcia Abad

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