sábado, 3 de abril de 2010

JUEVES SANTO

Este dia se celebra la institucion de la eucarostia, como una nueva pascua,el dia sabado, y se traduce en el gesto del lavatorio de los pies.

El Jueves Santo se celebra:
A) La Última Cena,
B) El Lavatorio de los pies,
C) La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio.
D) La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.

En la Misa vespertina, antes del ofertorio, el sacerdote celebrante toma una toalla y una bandeja con agua y lava los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.
En la Eucaristía de esta tarde conmemoramos y revivimos la Última Cena: nuestro pan y nuestro vino, convertidos en el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo,nos hacen entrar en Comunión con Cristo y con nuestros hermanos, mediante la fe y el amor.

JUEVES SANTO (Jn 13,1-15): SE BUSCAN “LAVADORES DE PIES”

1.- Dentro de un momento repetiremos el gesto de Jesús de lavar los pies de sus discípulos. Fue una acción simbólica de Jesús, pero fue reflejo de aquello a lo que dedicó toda su vida: lavar pies “sucios”, corazones “sucios”, personas “sucias”. Jesús iba siempre con los “sucios”: pecadores, publicanos, enfermos, pobres, prostitutas…; y había muchas suciedades que lavar: hambre, violencia, exclusión, enfermedad, tristeza...

Cuando Jesús hace este gesto les dice a sus discípulos: se buscan “lavadores de pies”, ¿quién quiere serlo? Hoy de nuevo hace el mismo gesto delante de nosotros y nos vuelve a preguntar: necesito “lavadores de pies”, ¿tú quieres serlo?

2.- AL SERVICIO DE LA HUMANIDAD. - Los “lavadores de pies” que Jesús busca han de ponerse a los pies de la humanidad, a la altura de los más pequeños, de los más necesitados, a los pies del hermano que necesita ayuda. Caritas, en un día tan señalado como hoy, nos recuerda que Dios es amor, que un cristiano que no ama, no está a la altura de Jesucristo. El amor de Jesús por los más pobres nos hace tratar con veneración al prójimo, procurar los cuidados necesarios que toda persona merece, comprometernos con los más necesitados. “Lo que hagáis a uno de estos, a mi me lo hacéis”.

La Eucaristía está unida a la Caridad. “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Y la Caridad va de la mano con el Servicio. Por eso San Juan sustituye el relato de la institución de la Eucaristía por el gesto del lavatorio de los pies. El “lavador de pies” alimenta su fe y su amor en la Eucaristía, y lo desgasta en el servicio a los demás. Se buscan “lavadores de pies” que no tengan miedo de mancharse las manos en el barro de la vida, ¿tú quieres ser uno de ellos?

3.- COMO PARTE DE UNA COMUNIDAD DE HERMANOS. - El Jueves Santo es el día de la unidad, de la comunidad. Jesús nos invita a vivir su amor en comunidad, fraternalmente, con las manos unidas a las de nuestros hermanos, a los que están a nuestro lado en este momento, uniendo las manos y el corazón y haciéndonos prójimos. Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

El “lavador de pies” que busca Jesús, promueve y procura la unidad. Jesús nos invita a afrontar solidariamente los retos de la vida, a ser Iglesia viva en el corazón del mundo, en comunión, haciendo parroquia, haciendo Iglesia, haciendo comunidad. Se buscan “lavadores de pies” que no vayan a la suya, sino que lo hagan con otros, que inviten a otros a unirse, que siempre sumen y no resten, que acojan a todas las personas sin mirar sus papeles, el color de su piel, su condición sexual, legal, civil o política. “Haced esto en memoria mía”. ¿Quieres ser un “lavador de pies” al estilo de Jesús?

4.- CELEBRANDO LA FE YLA VIDA. No hay nada más grande que vivir la fe con el corazón de par en par, agradecidos por descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas, su paso, su Pascua. El pueblo de Israel recordaba cada año el acontecimiento que les había marcado para siempre, la intervención de Dios a favor suyo liberándolos de la esclavitud de Egipto. “Decretaréis que sea fiesta para siempre”.

Nosotros recordamos su Pascua, pero celebramos la nuestra, la de Jesús, la resurrección. Y lo celebramos hoy y siempre, cada día, en cada Eucaristía, porque Dios sigue vivo y presente en medio de nosotros, en nuestra comunidad, en nuestra familia, entre nuestros amigos y compañeros. Se buscan “lavadores de pies” que den gracias a Dios cada día por poder hacerlo, que tengan por guía la Palabra de Dios, que se sientan acompañados y acompañantes de otros cristianos que también leen la Palabra, que vivan a Dios en su vida de cada día y lo muestren a los demás con un testimonio valiente y agradecido. “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. ¿Estás dispuesto a responder con generosidad a la invitación de Jesús a ser “lavador de pies”?

Nada de esto ha de ser impuesto, sino como fruto del encuentro amoroso con Jesucristo. En ese momento nos convertimos en “lavadores de pies”, de manera natural, sin forcejeos, sino sólo y únicamente por amor. Por amor a los más pobres, a los más necesitados, a los “sucios”, a los favoritos de Dios, a aquellos con los que iba Jesús. En este momento del lavatorio, que vamos a hacer a continuación, se nos invita a sentir esa cercanía amorosa de Dios con cada uno de nosotros. Siente como te llama y te invita a remangarte las manos, a ser “lavador de pies”. Pero antes, déjate lavar por él. No seas reacio, si quieres ser de los suyos, déjate lavar. Dile como Pedro: “Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Ahora eres “lavador de pies”, lavador especialmente de los más pobres, por puro amor, como Dios hace contigo.

JUEVES SANTO (Jn 13,1-15): SIGNIFICADO PROFUNDO, SORPRENDENTE, ROMPEDOR

1.- Todas las actuaciones de Jesús de Nazaret tenían un significado profundo, sorprendente, rompedor para las personas de la comunidad judía de aquellos tiempos. Está claro que muchas de las cosas que nos narran los evangelios adquieren para nosotros una dimensión profunda, grande y que nos deja huella, pero, tal vez, no apreciamos esas fórmulas radicales que afectaban, sorprendían y, por supuesto, irritaban a muchos judíos de entonces. En fin… es sabido pero es bueno reseñarlo. Entre el pueblo judío solo los esclavos lavaban los pies al resto de los mortales. Si no había esclavos en una casa, cada uno limpiaba el polvo del camino de sus pies por si mismos. Cuando Jesús, anudándose una toalla a la cintura, decide lavar los pies a sus discípulos sabe lo que hace: se convierte en esclavo de sus discípulos, de sus “alumnos”. Por eso Pedro se escandaliza. Comprende perfectamente el gesto y con su habitual sinceridad se opone a que Jesús, su Maestro, le lave a él los pies. Y este episodio de una gran belleza plástica nos lo narra el Evangelista San Juan. Su evangelio se escribió mucho después de los otros tres Sinópticos y por eso Juan pudo meditar más ese significado de servicio de Jesús a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos.

2.- El lavatorio se produce durante la cena de Pascua y fue durante su celebración cuando Jesús realizó otra prueba de amor, perfectamente correspondiente –y aún superior, si se quiere—con el regalo sublime de dejarnos su presencia total en el Pan y en el Vino consagrado. Fue la primera Eucaristía de la historia y el relato preciso de la misma la hemos escuchado en la Primera Carta a los Corintios, uno de los textos más antiguos de los evangelios. Y, obviamente, el texto nos resulta conocido porque las palabras de Jesús, que transcribe San Pablo, son la fórmula litúrgica utilizada para la Consagración, para la conversión del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. La primera lectura, procedente del Libro de Éxodo narra las instrucciones dadas por Dios a Moisés para la celebración de la Pascua y es correspondiente, entonces, con la Cena que celebró Jesús y cuyo ritual utilizó.

3.- Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la muerte y la Resurrección de Jesús. Esta celebración nos prepara para esas horas y nos deja con la tristeza de lo que ocurrirá un poco después de la cena. Getsemaní aparece en el horizonte y también la detención, la tortura y la falsa condena a muerte de un hombre justo. No hemos de perder la oportunidad de entrar fuerte, con toda nuestra alma y todo nuestro corazón, en lo que se abre para nosotros a partir de esta hora. El sacrificio de Jesús nos ha hecho libres, pero hemos de tener conciencia y consciencia de lo que significa. No perdamos, hoy esa oportunidad. No es difícil es tan sólo un lenguaje de amor, de supremo amor.

Y hemos de ser coherentes con ese amor. No sólo vivir esta celebración como un culto más, como un rito al uso. Jesús de Nazaret nos ha dado una lección de amor supremo. Se ha hecho esclavo de nosotros al lavarnos los pies. Y si esa radicalidad sorprendía al pueblo judío de hace más de dos mil años, el amor por los hermanos, y a toda costa y con un muy alto precio, también marca una diferencia radical con nuestro tiempo, en el que cada uno va a lo suyo, y a lo sumo se practica una solidaridad pública, por ser lo habitual y políticamente correcto. No se trata de decir que nadie ama. No es así hay muchos ejemplos del amor de Cristo a nuestro alrededor: aquellos que cuidan enfermos hasta enfermar ellos mismos, esas madres –y padres—que en estos tiempos de crisis comen menos de lo necesario, para que sus hijos no noten que hay menos alimentos por culpa de la crisis, esas personas que dan –como la viuda del templo de Jerusalén—todo lo que tienen para las víctimas de Haití y Chile… Pero también –tal vez nosotros mismos—que ejercita su egoísmo en todo momento, que hace un uso farisaico de ese principio un tanto dudoso de que “la caridad comienza por uno mismo”. Lo he dicho antes. Hoy el Día del Gran Amor. Entremos en ello. No lo dejemos a un lado. Nadie es cristiano de verdad si no ama. Y hoy en ese día especial que el desamor se presenta como el gran mal de la humanidad. ¡Remediémoslo!

La muerte de Jesús y nuestra salvación

SEMANA SANTA

En estos días se celebra el misterio de todo un Dios que decide hacerse hombre como expresión máxima de cercanía y encuentro, llevando siempre la iniciativa como ejemplo y oferta de amor para todas y cada una de las personas, a las que se dirige por su nombre en los pliegues más recónditos del Yo más íntimo aprovechando los acontecimientos de la vida.

En este tiempo marcado por los escándalos de pederastia, la Buena Nueva no puede quedar eclipsada en la semana cristiana más importante del año. El ejemplo de Jesús de Nazareth nos invita con insistencia a cambiar la manera de ver a las personas y a los acontecimientos. Su mensaje de compasión y amor fue tan deslumbrante que no lo aceptaron entonces como tampoco lo aceptamos ahora.

El domingo de Ramos todo parecía en su sitio. Jesús entra en Jerusalén aclamado y reconocido por el bien que hacía. Era un personaje famoso y querido, al que se le tributa una manifestación de afecto espontáneo cuando aparece a lomos de un borrico, símbolo de mansedumbre y paz. Pero, pocos días después, esas mismas gentes gritaban histéricos ante Pilatos “¡crucifícale!” Ellas y cualquier otra generación, nosotros mismos, hubiésemos sido aquellas gentes con la misma actitud.

Qué tensión tan insoportable sentiría Jesús viendo como se le estrechaba el acoso en medio de sus seguidores, buenas personas pero frágiles, que acabaron por hacerle sentir la soledad más amarga. Pero aceptó el desafío del amor, aquél amor desconcertante que superaba el formalismo legal de quienes lo utilizaban para sí y que ahora veían peligrar su status personal y “religioso”. Se fraguó el asesinato con la apariencia de que se ajusticiaba a un blasfemo y peligroso personaje que el pueblo debe abatir por el bien del pueblo. Allí se juntaron todos: autoridades, pueblo e invasores romanos.

El Jueves Santo o día del amor fraterno, es cuando Jesús lanza el mensaje revolucionario en su última Cena: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. El amor de Cristo nos incluye a todos pero sólo desde la práctica de los hechos se sabrá quienes se comportan como cristianos: sólo así. La Eucaristía nos remite al prójimo. Compartir la mesa es compartir su estilo de vida basado en el servicio como lo remarcó en el lavatorio de los pies, una tarea que entonces era propia de esclavos: acogida y servicio al otro: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”.

El Viernes Santo es el paso (la Pascua) de Dios por la noche del hombre. En esta madrugada comienza el tiempo de la Pasión, con la angustia y soledad de quien espera lo que le viene encima. Pero no deja de dialogar con el Padre, sobre todo en el huerto de los olivos, un ejemplo para todos de que la oración es imprescindible si queremos estar por encima de nuestras limitaciones. En cambio su silencio ante las autoridades sometía a prueba a sus acusadores culpables.

El Sábado de Pascua es la fiesta grande cristiana. Es el día de alegría por saber del triunfo del amor y la Resurrección de quien ha transformado el dolor en fuente de vida. Sólo el amor desde la fe puede comprender la Resurrección de Jesús; por eso no fue un acontecimiento de masas. Y tuvo que ser una mujer la que sería el primer testigo de la resurrección de Jesús.

La Pascua no ha terminado; no termina: la celebramos no solo en la Eucaristía sino en cada encuentro con el prójimo. Cada día podemos resucitar un poco más de nosotros renovando y humanizando nuestro entorno. Vivir la Pascua es florecer nuestra vida, ver con ojos nuevos y actuar sabiendo que el silencio de Dios no es ausencia. Dios transforma el sufrimiento; nos asegura que es vencible, que podemos mitigarlo, incluso evitarlo y, sobre todo, convertirlo en amor. Que la muerte no es el final: lo último será el amor total y para siempre. Así es como deberíamos vivir la Semana Santa para ser luz de quienes nos rodean. Pero todavía no hemos aprendido a reconocer la viga en nuestros ojos, se llame pederastia o de cualquier otra forma. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).
Publicado por ECLESALIA

jueves, 1 de abril de 2010

'Bendito el que viene en el nombre del Señor'

La cristiandad, la Iglesia, canta en la solemne liturgia de este Domingo de Ramos:
Jesús, montado en un borrico, entró triunfante en la ciudad de Jerusalén, la ciudad de David. Entró y la conquistó...
Jesús, montado en un borrico, entró triunfante en la ciudad de Jerusalén, la ciudad de David. Entró y la conquistó. Se estremeció toda la ciudad santa. “¡Hossana el hijo de David!”, eran los clamores ante su presencia. Ni los fariseos, ni los doctores de la ley, ni los sacerdotes del templo pudieron, aunque quisieron, apagar el entusiasmo del pueblo ni su clamor unánime.
Las multitudes no podían dejar en silencio la admiración, el entusiasmo y la gratitud. Estalló ese domingo; ese domingo fue más santo, más bello, más alegre que las otras fiestas del pueblo allí apiñado y de la propia ciudad.
¡Él, Jesús, era el que habría de venir! ¡No había que esperar a otro!
Muchos siglos de espera habían transcurrido y al fin era el momento. Jesús, el hijo de David, llegaba en nombre del Señor. Era el rey de Israel.
El descendiente de David era recibido con palmas, con ramas de árboles; la gente tiraba sus mantos al paso del manso jumento en que el rey llegaba a tomar posesión de su ciudad. El Reino de Israel había llegado...

Hoy, veinte siglos después, la Iglesia ferviente canta

La cristiandad, la Iglesia, canta en la solemne liturgia de este Domingo de Ramos. Ahora, no una muchedumbre, sino muchas muchedumbres, cada parroquia cada comunidad, entonan con alegría himnos y cánticos al Rey pacífico. Viene a todos y cada uno con la majestad de Rey, la eternidad de Dios, la bondad del Redentor, la mansedumbre del Cordero que quita los pecados del mundo, la humildad de la víctima; viene como vino, con amor y por amor. Viene a darse como cuando “amó, se anonadó, se entregó”.
Todo en Cristo no es tiempo, es eternidad. No una página de recuerdos en el polvo de la historia --aunque sea historia tierna, conmovedora--, sino realidad palpitante ahora en el libro de la vida de todos y cada uno. Cristo está adentro, muy adentro, en la vida de la Iglesia.
Las palabras “Jesús es el Cristo” y sus hechos son vida eterna, porque vivos están siempre y producen vida.
El pueblo cristiano canta jubiloso, y no es sólo un recuerdo, sino la presencia viva de Cristo.

Cristo viene ahora, en este siglo, a dar y a pedir

Ahora, como entonces, viene a dar la vida. “Quiero que tengan vida y la tengan en abundancia”. Vino y viene para entregar su vida, a morir para que todos vivan. “Si el grano de trigo no cae en tierra, queda infecundo, y si cae y muere dará mucho fruto”.
Sabe que es gloria pasajera, fugaz la alegría de los rostros al recibirlo con ramos y palmas; sabe bien lo tornadizo y voluble del sentir y querer de las multitudes. Apenas habrán pasado cinco días y esas mismas bocas gritarán llenas de odio “¡crucifícale, crucifícale!”. Mas, ¿por qué lo sabe? Porque la voluntad de su Padre y su propio anhelo es entregarse al sacrificio cual mansa oveja, sin abrir la boca, sin quejarse. Ha venido, y viene, a darse día tras día.
La celebración eucarística de cada día, y desde luego la de hoy, es memorial de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Cristo. En cada misa Cristo sacrificado, y ahora glorioso, se entrega. Miles de creyentes lo reciben, lo hacen suyo en la sagrada comunión.
Él da todo, se da todo. Pero también pide: viene en medio de esta marea humana, en este siglo tan globalizado, de explosión demográfica, soledad e individualismo, y busca en cada uno la puerta de su corazón. Toca y espera que cada uno le abra la puertas de su corazón. Quiere que cada uno lo conozca, que se le acerque, que lo trate, que lo ame.
San Pablo en su Carta a los Filipenses abre las compuertas de sus sentimientos íntimos y salta de alegría de haber encontrado a Cristo, hasta
exclamar que todo lo de antes, para él, es basura. Cristo da, se da, pide. Hoy, si escuchas su voz, no quieras endurecer su corazón. Es tiempo de gracia, es una invitación a la vida.

Un Mesías crucificado

A la triunfal entrada del Mesías a la ciudad real, están unidas la verdadera glorificación, la pasión, la cruz, la muerte, la resurreccción. “Cuando yo sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí”. Así lo anunció Juan 12, 33.


En la celebración eucarística de este domingo la Iglesia canta en el prefacio:
“Cristo, siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales”. Y en el mismo canto da gracias a Dios porque “así, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar fuimos justificados”.
Jesús entra en Jerusalén glorioso y además decidido. Sabe lo que le espera: allí entre esa multitudad encontrará su Pascua completa. Así también en la vida del cristiano van unidas, inseparables, cruz y gloria. El seguimiento de Cristo es para llegar con Él a la gloria, a la salvación; pero mientras se va, mientras el hombre es peregrino, debe de cargar su cruz. No se puede entender un cristianismo sin cruz. Cristo lleva el madero sobre sus espaldas y allí van los sufrimientos y los pecados de todos los hombres.
El cristiano, el auténtico seguidor de Cristo, es quien acepta su propia condición y echa sobre sus espaldas sus afanes, preocupaciones, ocupaciones y penas de cada día. Aprende a vivir en su cotidiano caminar, la comprometedora frase “Hágase, Señor, tu voluntad, así en la tierra como en el cielo”. Así la propia cruz, en unión de Cristo, es ya el principio de la propia glorificación, y ésta en su plenitud no en el tiempo, sino en la vida eterna.
La sabiduría de los santos está en conocer a Cristo, en acercarse a Él, en estar unido a Él, a identificarse con Él, a padecer con Él.

Un Mesías redentor

La palabra redención ha quedado en mucho como algo sin sentido. El verbo redimir significa pagar. Cinco años esperó prisionero Don Miguel de Cervantes Saavedra que alguien, generoso, llegara con una bolsa repleta de monedas y pagara, y así el cautivo recobró su libertad.
En estos tiempos de tristezas, cuando secuestran a un desafortunado la devolución del infeliz tiene precio. “Cristo nos redimió no con oro ni con plata, sino con su propia sangre”.
Los libros del Antiguo Testamento son un anuncio, una esperanza de que vendría un redentor; los del Nuevo Testamento son la alegría expresada en pechos que lanzan el “¡Hosanna al Hijo de David!” y brazos jubilosos que agitan palmas.
En veinte siglos de cristianismo, el pensamiento, la alegría, la esperanza del creyente han sido siempre que Cristo ha redimido a los pecadores --todos ellos-- de la esclavitud del pecado. Es un concepto que radica en la entraña misma de la revelación cristiana.
El pecado es una caída, la redención es levantarse; el pecado es una enfermedad, la redención es la salud; el pecado es una deuda, la redención es perdonarla; el pecado es una grave culpa y la redención es borrarla, expiarla, dar satisfacción; el pecado es la pérdida de una amistad, la redención es la redención, es el abrazo.

Un Mesías liberador

Si se ha pagado el precio del rescate, entonces el que era prisionero o esclavo sin duda saltará de alegría al sentirse libre.
San Pablo --antes un fariseo apegado a la ley, los profetas, las tradiciones y la letra-- encontró en Cristo la verdadera libertad y así lo expresa: “En quien tenemos (Cristo) la redención por su sangre, la remisión de los pecados” (Efesios 1, 7).
En la Carta a los Romanos dice: “A quien ha puesto Dios como sacrificio de propiciación, mediante la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, por la tolerancia de los pecados pasados” (Romanos 3, 25).
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley haciéndose por nosotros maldición” (Gálatas 3, 13).
Y en otros aspectos, ahora en este siglo, muchos al acercarse a Cristo se han liberado de otras esclavitudes: de depresiones y angustias psicológicas, de ambientes adversos sociológicos, de temporalidades, de políticas. Pero hay que buscarlo, estar cerca de Él, porque “muchos otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad, y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre la tierra saciará plenamente sus deseos”.
Son quienes han experimentado en su vida personal la acción redentora de Cristo. Cristo libera, rompe las cadenas del odio, del rencor, de la codicia de las cosas terrenas y de ese insaciable deseo de poder. Libre es quien no se entrega a esas pasiones.